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  • Foto del escritorD. Arias

Que Dios te bendiga

–Aquello fue terrible, te digo. Un horror. ¿Cómo puedes concebir eso? ¿Cómo puedes hacer algo así y entenderlo? Para la gente es fácil hablar y pontificar sobre lo que pasa en un lugar cuando vives a kilómetros de distancia y no has puesto los muertos ni te han jodido la vida por años. Sí, es fácil. Fácil  hablar sobre lo que otros deberían hacer cuando no estás en su pellejo y cuando no vives ni vivirás en carne propia la zozobra y el horror con el que hemos vivido desde siempre.  


Cuando ves una cosa como la que hicieron, piensas: “que los acaben a todos. Que los exterminen. Que acaben con ellos y con sus descendientes hasta que no quede memoria de lo que hicieron”. ¿Te has puesto a pensar en el orgullo que les produce aquel día, que para ellos fue el más glorioso de sus vidas porque fue el día en que más enemigos mataron?  Sí, te juro que a veces querría que los mataran a todos. Que no quede uno vivo para contar a sus hijos lo que hicieron. Que los acaben y quemen sus libros y que todo lo que tenga que ver con ellos sea borrado de la faz de la tierra. ¿Pero sabes cuánto cuesta eliminar a un pueblo? Mucho. Pregunta a los alemanes. Ellos lo tenían todo para hacerlo y no lo consiguieron. Su vergüenza es doble. Primero, por el hecho mismo de haber intentado exterminar a un pueblo. Y segundo, por no haberlo conseguido. Han cargado con ese lastre durante décadas. Pero en fin: son alemanes y supongo yo que lo van superando.


Eliminar a un pueblo toma años, a veces siglos y un poco de suerte. ¿Pero quieres que te diga algo? Los alemanes, con su plan de exterminio, no han sido los únicos ni los más efectivos. Pregúntales a los ingleses. O a los españoles. O a los franceses, belgas, portugueses, holandeses y a todos los que han sujuzgado pueblos. Pero ingleses y españoles sí fueron unos bravos para exterminar pueblos (de los otros no digo nada porque no sé nada). ¿Cuántos indígenas y negros fueron exterminados? Cientos de miles, millones. De muchos no quedaron ni descendientes. Ingleses y españoles se defienden y hasta se disculpan o se justifican diciendo que su intención nunca fue exterminarlos, que ellos murieron por enfermedades, que no fueron tantos, que patatí, que patatá, pero ahí están los resultados. Pueblos enteros exterminados. Desaparecidos. Gente que fue borrada de la faz de la tierra sin dejar huella. Esas personas fueron borradas y al mundo le importó un comino. Se limpiaron el culo con ellos y sólo a unos cuantos les importó. La gente se encogió de hombros y siguió su vida. Al fin y al cabo, eran un estorbo para los civilizadores. O se adaptaban o se morían. La historia les pasó por encima y los aplastó. Les dijeron: “chao, aborígenes, chao, negros y esclavos. Chao, atrasados y buenos para nada” y siguieron con sus proyectos civilizatorios. Los alemanes cargan con el estigma, pero ese estigma deberían compartirlo con ingleses y españoles. A veces siento vergüenza por pertenecer a un pueblo que estuvo a punto de ser exterminado. No sé si debería sentirla por pertenecer a un pueblo que está exterminando a otro. Supongo que sí. De lo que sí me siento orgulloso es de haber sobrevivido. A los alemanes, a los árabes…

Pero también te digo algo: en el fondo de mi corazón, cuando me sereno, entiendo el actuar de esos hombres. Porque esta es una guerra de hombres. Hay demasiada testosterona de por medio. Quizá si le bajáramos a la testosterona se arreglarían un poco las cosas.


Entiendo el actuar de esos hombres porque es el producto del dolor y del desespero. Es el actuar de personas que han sido arrinconadas. ¿Tenemos culpa nosotros de que se hayan dejado arrinconar? ¿No se precian de ser unos excelentes regateadores? ¿Qué les pasó entonces? ¿Por qué se dejaron arrinconar? Esos hombres, en el fondo, tienen dolor en sus almas. Son personas atormentadas. Se muestran duros e inhumanos porque llevan dolor por dentro. Por eso actúan así. Y yo los entiendo porque yo también he sentido dolor y me he sentido arrinconado muchas veces. Y cuando uno se siente arrinconado se enceguece. Y si no te dejan opción, te vas con toda y combates. Por eso he empuñado un arma y he matado. Puedo entender, pero no perdonar ni quedarme con los brazos cruzados. No tengo la estatura moral ni la generosidad de otros para perdonar semejantes atrocidades. Me reconozco incapaz de eso...


Bueno, hermano mío, disculpa la perorata. Sé que debes lavarte las manos y rezar. Yo aprovecho para ir al baño. Mientras tanto, puedes salir al balcón y ver desde ahí la panorámica espléndida de la ciudad. Eso sí, te recomiendo estar alerta. Si oyes un ruido extraño, mejor escóndete, no vaya a ser que un cohete te alcance. Y si sales de aquí, que Dios te bendiga.

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