• D. Arias

El centeno de bananos

Actualizado: ago 7

-Oye, mi hermano, ¿sabes tú cuánto cuesta un centeno de bananos?

-¿Un centeno de bananos?

-Sí. ¿No sabes qué es un centeno de bananos?

-No, no sé…

-Cien bananos. ¿Sabes tú cuánto cuesta un centeno de bananos?

-Tampoco sé.

-Cuatro mil pesos.

-¿Cuatro mil pesos?

-Sí, cuatro mil barras. ¿Y sabes tú cuánto son cuatro mil pesos?

-Dos dólares o menos...

-Exacto, mi hermano. Menos de dos dólares. ¿Y sabes tú qué hago yo con menos de dos dólares?

-Comprarás pan, leche, una docena de huevos…

-¡No, mi hermano! ¡Con cuatro mil barras no hago un carajo!

-¿Nada, nada?

-¡Casi nada, mi hermano! ¿Pero sabes tú qué me dicen los intermediarios?

-No tengo idea.

-Que no me pueden pagar más. Que ese es el mejor precio que me pueden dar para no perder ellos.

-¿Te dicen eso?

-Y sí, mi hermano. ¿O acaso crees que te estoy mintiendo?

-No, no, pero… ¿Podrían pagarte un poco más, si quisieran?

Of course, mi hermano! Ellos dicen que no, que no dan más porque no ganan y que porque el banano se da natural. Pero yo digo que sí, que podrían pagarme más.

-Claro, claro…

-A veces les digo: oye, tú: ¿y es que el trabajo del que los siembra y los recoge no vale nada?

-¿Les dices eso?

-Y sí, mi hermano. Ya que no me van a pagar más, al menos les digo eso.

-Y sí, al menos que lo sepan…

-Ellos lo saben, mi hermano. Ellos lo saben y lo hacen. Por eso es barro. Barro lo que hacen conmigo y con los otros.

-Sí, barro…

-¿O tú crees que recoger cien bananos vale cuatro mil pesos?

-No sé. Tal vez debería valer algo más, ¿verdad?

-¡Pero claro! ¿O vas a decirme que hay trabajos menos útiles por los que pagan mucho más?

-Eso es cierto.

-Entonces claro, mi hermano. Esa es la cosa. Ahí te dejo la inquietud. Ya tú verás si te interesa seguir leyendo y averiguando a ver qué te dicen los otros. Eso es lo que yo te puedo decir por ahora.

-Y sí señor. Es usted muy generoso. No es mucho lo que yo hago, pero por el momento no puedo hacer más...

-Entiendo, mi hermano. Pero no te resignes. Eso que haces ya es algo, aunque todos podemos hacer siempre más. Pero que esto que yo te digo se sepa en las estranjas, allá en los iunáis o en las europas, o donde sea que tú vivas, ya es algo, porque saberlo aquí no sirve ni pa un carajo.

-Sí sirve. Aquí es donde más debería saberse.

-Y no, mi hermano. Aquí se saben y se conocen esas cosas, pero no pasa nada. Solo dicen: vamos a hacer esto, vamos a hacer aquello, y al final no hacen na’. Lo más que uno gana diciendo eso por aquí es una visita de los guerreros, que cada tanto vienen a darse su vueltita.

-¿Su vueltita?

-Y claro, mi hermano. Ya tú sabes. Ellos vienen, dan su vueltita, nos visitan, “negocian”, ellos armados y bien vestidos, y uno aquí con esta ropa, casi como Dios lo trajo al mundo.

-¿Y qué negocian?

-¿Qué negociamos? Ya tú sabes, mi hermano. Ya tú sabes. Ya sabes cómo son ellos, cómo son los negocios con ellos…

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