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  • D. Arias

Victoria's Day

Actualizado: 23 may

Hoy es Victoria’s Day en Canadá, o día de la reina Victoria. Una reina que duró como 64 años en el trono, que se casó con 20 años (dicen que fue ella quien pidió matrimonio a su enamorado, el rey Alberto), que tuvo como nueve hijos y que, según parece, también disfrutó de las mieles del amor de pareja tras la muerte temprana de su consorte. Ella nació un 24 de mayo, y por eso hoy se festeja su cumpleaños en uno de sus antiguos “dominios”.


En este día soleado, pensaba yo que para muchas personas llegar a este “dominio” de Canadá es inicialmente eso: una “victoria”. Ya con el tiempo aparecen las preocupaciones y las “derrotas”. Pero bueno: esa sería otra historia. En este “rincón” atípico de Canadá llamado Quebec, en el que no hay tantos festivos como en Colombia, y en el que el cumpleaños de una reina de Inglaterra quizá no signifique nada o no la misma cosa que en el resto de Canadá, algunas cosas me han parecido muy buenas, y otras no tanto.

Me gusta caminar por ciertos lugares y ver mucho espacio abierto. Pero me desconcierta ver tan pocas personas en ellos. Hay unos parques enormes y muy lindos, pero muchos están vacíos. Veo calles repletas de autos estacionados a ambos lados, y solo una o dos personas caminando por las aceras. Cuando uno busca apartamento, ve edificios que lucen por fuera en buen estado, pero por dentro están muy sucios y deteriorados. Me dicen, por ejemplo, que hay que tener cuidado con las plagas de chinches y cucarachas. ¿¡Cómo!? ¿Chinches y cucarachas en Canadá? ¡Y yo que dejé las cucarachas grandes y voladoras de mi tierra para venir a encontrarme con las cucarachas del “primer” mundo! Afortunadamente, las cucarachas de acá (que ya las he visto) son chiquiticas y negras. Y que yo sepa, no vuelan. Eso de los chinches y las cucarachas me hizo pensar que estos países del “primer” mundo pueden ser lugares que de puertas para afuera se ven muy lindos, pero de puertas para adentro tienen sus lados oscuros y descompuestos.

A propósito de animales, he notado que los gatos andan por las calles como Pedro por su casa. No como los gatos colombianos que viven alerta a toda hora y con los pelos de punta. Los perros también me parecen menos agresivos y ruidosos, pero me han dicho que esto último se debe a que a muchos les han cortado las cuerdas vocales para que no hagan ruido cuando ladran. Y como este es un país que valora mucho el silencio (nada que ver con Colombia, donde en todo lado se escucha ruido y se lo tiene uno que “mamar”, gústele o disgústele), entonces los pobres perros llevan del bulto. Ahí me di cuenta de cómo la sociedad y la cultura no solo influyen en el modo de ser de las personas, sino también en la de los animales. Y también de cómo una sociedad interviene de forma brutal en la vida de ciertos animales y de cierta gente para apaciguar el ambiente.


A veces me preguntan si extraño el país. Y sí, a veces lo extraño. Pero no sé si uno pueda extrañar el humo, las riñas, los robos, el caos, el ruido, la violencia, la inseguridad y toda esa vida cruel y desordenada de la que salimos fatigados cuando emprendemos el viaje a otro país.


La otra vez escuché decir a alguien que en Colombia la vida puede llegar a ser desesperante y llena de sobresaltos, pero nunca aburrida, mientras que en Canadá la vida también puede llegar a ser desesperante, pero por aburrida. Me dicen, por ejemplo, que el final del invierno y el comienzo de la primavera es la época en la que más gente se arroja al metro, y yo digo que qué lástima, porque eso es como dejarse vencer por el desespero justo cuando se ve la luz al final del túnel.


A veces, cuando me da por decir que la vida en Canadá no es aburrida (y no lo digo por convicción, sino porque me da la gana decirlo), sale alguno a responderme: “espere que pasen los años y verá”. Pero yo insisto en que la vida en Canadá no es aburrida. Por ejemplo, hace poco a una pareja recién llegada le robaron el carro (un delito muy común tratándose de carros de alta gama). También presencié hace algunos días una pelea de dos borrachos en una lavandería, y otra entre dos personas que se peleaban por una bicicleta. Y cuando veo o leo noticias, me encuentro historias sobre disparos, robos, apuñalamientos, violencia doméstica y otras cosas que confirman que, por más “primer” mundo que sea, acá también se cuecen habas (aunque seguramente no tantas como en Colombia). Un amigo me dice que cuando esté aburrido, lea el periódico, salga a la calle, me interne en el metro, me suba a los buses, ingrese a los edificios, hable con la gente, y me dé, en últimas, un baño de realidad. “La vida no es aburrida”, me dice. “Transcurre a un ritmo diferente. Es menos movida, pero no aburrida. Lo que hace las cosas aburridas es el estado de ánimo, la disposición de las personas para hacer frente a las circunstancias”. No sé si tiene razón, pero consigno su reflexión.


Yo solo sé que en invierno, cuando salgo a la calle, veo algunos niños jugando divertidos entre la nieve. También veo al adulto que palea esa misma nieve mientras por dentro maldice o se resigna. Y ni qué decir del que pisa un bloque de hielo, se resbala y cae.


En todo caso, feliz día de la reina Victoria. Feliz día y feliz semana para quienes se sientan victoriosos y no tan victoriosos de resistir y permanecer en este país.

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