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  • D. Arias

Un 25 de noviembre

Actualizado: 4 dic 2021


Son las siete de la mañana. Tiene los ojos abiertos desde hace casi una hora. Su madre recuerda cuando nació. Se adelantó por varios días. Era un ser muy pequeño que iba a necesitar de sus cuidados. Mucha comida y calor. ¿Ponerlo en incubadora? No hay como el calor de la madre, aconsejó el médico. Sí, dijo ella. Este niño es mío. El padre, mientras tanto, sintió un corrientazo por su cuerpo cuando lo conoció. No puede ser, pensó, que ese esqueleto se parezca tanto al mío.


La madre rememora. El hijo que ya es un hombre mira su celular. Ese día el sol saldrá a las siete y siete y se ocultará a las cuatro y cuarto Piensa en su madre, en el momento en que las circunstancias le permitan volver a verla. Salvo en sueños, a su padre no lo verá más. Ha muerto hace un par de años. El hombre bosteza, estira los brazos. Se quita las cobijas, va al baño, prende la luz, prepara el desayuno. Ya no es más un niño. Es un buen día para echar a andar los proyectos. Cumple cuarenta en medio de una cuarentena. Vaya, vaya… ¿Ya estás en el cuarto piso?, le preguntan. No, bromea. Yo vivo en un segundo. En el doscientos siete de un viejo edificio.


Los propietarios le han entregado su primer regalo: una nota colgada en la puerta del edificio en la que se lee que ese veinticinco de noviembre habrá corte de agua entre las nueve de la mañana y las dos de la tarde. Vaya, vaya…Y yo que pensaba limpiar la casa al ritmo rompecintura.


Noviembre es un mes frío. Un mes oscuro allí donde vive. Pocos disfrutan de aquella época. Atrás ha quedado el clima apacible, los colores vivos del otoño y las hojas entre amarillas y anaranjadas de los árboles. Noviembre se lleva lo mejor del año y trae de vuelta la pesadilla del invierno. Tiempo gris. Tiempo lúgubre. Pasan las lluvias, los huracanes que solo dejan desolación. Inundaciones, gente sin techo y con dolor.

Un veinticinco se van los ídolos. Nacen y mueren los dictadores.

Quienes caminan por las calles a las cinco de la tarde no pueden obviar la sensación de que es medianoche. Tal es la oscuridad. Entre la lluvia y la nieve hay que andarse con cuidado: la lluvia se congela y vuelve el suelo resbaloso. No son raras las caídas, los accidentes. En la acera, un hombre patina. ¡Un, dos, tres! ¡Patacués!, caer de espaldas patas arriba. Es una escena frecuente. Temporada de fracturas y contusiones. De personas heridas y adoloridas en los hospitales.


Mil novecientos sesenta. República Dominicana. Por un camino solitario, a bordo de una camioneta, se transportan en horas de la noche tres mujeres y un hombre. Las tres mujeres son hermanas. Sus nombres: María Teresa, Patria y Minerva. El hombre: Rufino. Hombres armados las detienen y las obligan a bajar. Llevan a todas a un sitio aparte. Casi sin mediar palabra, las apalean y después las matan. Lo mismo hacen con el conductor. No deben quedar testigos. Crimen de estado, le llaman algunos. Es el preludio de lo que viene. El final de una dictadura. De aquel suceso nace un día: el Día de la No violencia contra las mujeres. A la orilla del camino hay un monumento con algunas flores. Los viajeros se detienen, toman fotos. Algunos se inclinan con reverencia. Otros lo observan desde la distancia con aprehensión.


Dos mil veinte. En una chabola, no muy lejos del mar, un hombre viejo se asoma por la ventana. Tiene recuerdos en su cabeza. Momentos inolvidables. Sus hijas están lejos. Su esposa se ha ido. La gran estrella se está apagando. El ídolo abre la puerta. Respira el aire tibio. Algo le dice que no falta mucho. Que se dispone a recorrer el último tramo de su vida. Después de andar entre multitudes, lo han dejado solo. Se dirá que no lo atendieron. Se dirá que fueron negligentes y que lo dejaron ir. Todos debemos partir. Después de todo, es solo un día la vida.








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