• D. Arias

Reflexiones sobre Colombia desde la distancia: hay que equilibrar las cargas

Actualizado: may 10

Los hechos recientes sucedidos en Colombia no me permiten seguir callado. Por eso quiero compartir con ustedes algunas reflexiones que vengo haciéndome sobre ciertos temas. Quiero crear con esto un espacio de reflexión y deliberación.


Soy ante todo un ciudadano común y corriente, como cualquiera de ustedes, con más preguntas y reflexiones que certezas, el cual desde hace años (y al igual que muchos otros) tomó por decisión propia y también por factores extra-individuales el camino del exilio. En la distancia, he alimentado una relación de amor y dolor (jamás de odio) con mi país. Un amor y dolor que en mi caso se agudizan y profundizan cuando sobrevienen coyunturas como la presente.


Sé que muchos de quienes están en Colombia hoy quisieran escapar y salir corriendo. Y sé también que muchos de los que alguna vez nos fuimos hemos tenido en algún momento deseos de volver para implicarnos en alguna causa, alguna lucha que dé mayor sentido a nuestras vidas en el extranjero. En estos días aciagos, muchos de nosotros, desde la distancia, nos preguntamos qué podemos hacer, con quién y cómo. Es por eso que hoy escribo este artículo.


Quienes están hoy en Colombia, bien sea atrapados o por voluntad propia, claman la ayuda de la comunidad internacional porque se sienten desamparados, desprotegidos y librados a su propia suerte. En realidad, creo que no son pocos los colombianos que durante años han o hemos tenido esa misma sensación. La “filosofía” del “sálvese quien pueda”, “cómo voy yo” y “solo debemos trabajar y ser emprendedores” ha acentuado aún más ese fenómeno. El individualismo y la autosuperación, fomentados por lo que conocemos como neoliberalismo, han hecho carrera en nuestros países, exacerbándose en ciertos casos a extremos que rayan en lo delictivo. Por eso, la acción colectiva que hoy se ve en las calles, con todos los riesgos que ello implica, no deja de sorprender.


Hace años oía decir a algunas personas que uno de los problemas de los colombianos era que nos habíamos acostumbrado a recibirlo todo del “papá Estado”. No me imagino entonces lo que hubieran dicho si hubieran tenido la experiencia de vivir en América del Norte o en Europa, o en ciertos países asiáticos y de Oceanía. Pero mirándolo desde otra perspectiva, esas personas tenían razón: es cierto que en Colombia muchos se acostumbraron a recibir la ayuda de ese supuesto “papá Estado” (alguien diría, no sin razón, que con ese papá mejor sería ser huérfano). De tal suerte, mientras unos reciben grandes “ayudas”, otros reciben las migajas. Es decir, las migajas de quienes reciben las grandes ayudas. A estos últimos les han bastado (si bien nunca les han sobrado) esas migajas para seguir apoyando, como señal de gratitud, a quienes les han “donado” o compartido una parte de esas “ayudas”. Esto explica que muchos “debamos” estar eternamente agradecidos de que al menos tengamos un trabajo, como también “debamos” estar agradecidos por un alza de cien o doscientos pesos en nuestros salarios mientras los precios de las cosas aumentan trescientos o cuatrocientos más el IVA. No estoy en contra de la gratitud, que es una hermosa cualidad, pero se trata aquí de una manera de pensar que si bien es comprensible, aplaza toda reflexión o discusión sobre las condiciones de nuestros trabajos y de nuestra vida en general. “Si no estás conforme con tu trabajo o con tu salario, puedes irte. Hay muchos ahí afuera haciendo fila”, nos dicen a menudo para zanjar cualquier disenso. Y así fue como muchos decidimos irnos.


Pero no todos tienen ni tuvieron esa oportunidad.


En medio de todo esto, ha existido desde hace tiempo un amplio sector que no recibe ni las grandes ayudas ni las migajas, y es sobre los hombros de ese sector que se ha diseñado desde hace años la política tributaria del estado colombiano. Una manera silenciosa pero “efectiva” de cimentar nuestra economía, nuestra conducta y por supuesto nuestra mentalidad, mientras miramos absortos y sin falta las noticias y los chismes de farándula.

Buena parte del conflicto actual se debe a las diferencias entre quienes desde todos los sectores (ricos, medios y pobres) creen que esta situación o estado de cosas debe mantenerse, prolongarse o modificarse pero solo para reforzarse, y quienes piensan que esto es algo que debe y puede corregirse por otro camino. Pero para seguir avanzando en la discusión actual debemos ser sinceros y evitar las distracciones y las trampas retóricas: no se trata ahora de discutir sobre socialismos o capitalismos, marxismos o leninismos (cosas que por supuesto podemos hacer con ánimo educativo). Tampoco sobre amenazas terroristas o narcoterroristas ni mucho menos sobre castrochavismos, izquierdismos ni revoluciones moleculares. La discusión, en este momento, es simple y llanamente sobre cómo equilibrar las cargas. Unas cargas que evidentemente hoy se encuentran mal repartidas. Se trata, a mi entender, de una discusión o conversación a la cual debemos convocar a todos los sectores sin excepción, sin agredirnos ni matarnos y sin dejarnos distraer por quienes buscan poner el foco en otros actores y lugares. Forma parte del otro gran reto de los colombianos: aprender a tramitar nuestros conflictos y diferencias poniendo el foco donde es y sin la amenaza del disparo.


Soy consciente de que esa gran conversación no es fácil y que en medio de ella hay muchas otras cosas en juego e intereses poderosos que hacen difícil avanzar. Nadie ignora que parte de ese desequilibrio tributario (que también se extiende a otros ámbitos) se ha construido a partir de distintas formas de violencia y despojo. ¿Cómo corregir eso? ¿Cómo discutir para corregir los innegables desequilibrios de nuestras sociedades sin incitar a otros a que hagan uso del vandalismo y de las armas? La respuesta no es sencilla y es imposible abordar todos los temas en un solo artículo. Por eso, solo quiero terminar por hoy con una corta reflexión, con la esperanza de volver después sobre otros temas: en Colombia, lo que hoy conocemos como uribismo ha sido en últimas una propuesta de neoliberalismo armado y autoritario. Las presidencias de Santos que le siguieron significaron la continuación de unas políticas neoliberales, con ciertos matices aquí y allá, pero con un talante más pacífico y demócrata. Sin embargo, desde el 2018, y llegados a este 2021, asistimos a una nueva fase (¿recargada, podríamos decir? ¿O quizás agonizante?) de ese primer neoliberalismo armado y autoritario con el ingrediente adicional de una pandemia y la consecuente crisis social y sanitaria. Hoy los actores armados, tanto legales como ilegales, confluyen en la defensa de los intereses y capitales de quienes ponen el dinero y hacen las leyes para seguir en un proyecto y un modelo de sociedad que amenaza con dejar más muertos y más sangre no solo en el campo, como bien lo observó alguien, sino también en las ciudades. Todo esto sin equilibrar las cargas y con el ánimo de no ceder un ápice de tierra, y mucho menos de su dinero. ¿Ha de ser ese el camino?







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