En momentos de crisis y fragor, yo sé bien de tus problemas, tus defectos y miserias. Camino por tus calles. Trato a tus mendigos, esquivo a tus delincuentes. Eres gris, hostil, muchas veces agresiva. Conoces las nubes negras y la lluvia, pero también los días soleados y despejados. La suave brisa que parece otoño.
Has sido campo de batalla. Testigo de alzamientos, represiones. Resentimientos. Contradicciones. Ciudad rebelde. Testaruda. Olla a presión siempre a punto de estallar. En el fragor de la guerra agonizas, sangras. Pero al final te sobrepones. Al borde del colapso, sobrevives. Llevas una mala vida, quieren ahogarte. ¿Seguirás siendo fría, despiadada, como alma triste y malhadada? ¿Seguirás desconfiada, herida, eternamente ofendida? No me castigues, no. No sigas creando monstruos. No martirices. No laceres aún más mis heridas. Y por favor, no me mates. Te lloramos. Estamos desgarrados. Hagamos las paces.
Debes saber que te quiero. Aun distante y hospitalaria, yo te quiero. Quiero tus calles, tu historia, tus montañas orientales. El palpitar de tu vida. El coraje de tus habitantes. Su valor de salir de casa a enfrentarte todos los días. Quiero tus edificios, tus construcciones antiguas, tus barrios ricos y tus barrios pobres. La clase media. La ironía de tu destino. Tu cariño despiadado. Tus atardeceres inolvidables llenos de luces y de fuego. La palabra dulce e indecente que de tarde en tarde me susurras al oído.
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