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  • D. Arias

Diario inmigrante (n°2)

Actualizado: 25 mar

Lo de los nombres acá es algo cómico. El otro día leía un post de alguien que contaba los “dramas” de pronunciación para deletrear su nombre y su significado. Yo no tengo problema con el mío (David) porque es un nombre muy común. Pero sí me hace gracia cómo pronuncian mis apellidos. Me dicen: Messié Arrias, o Messié Arrias Marrán (mi segundo apellido es Marín. Menos mal no es Marino, porque si no me dirían Messié “Arrias Marrano”). A un amigo que se apellida Trujillo le dicen “Truyilo”, “Truyiyo”, “Truyiyó”. Y así otros casos por el estilo.


El otro día, por ejemplo, conocí a una mujer llamada Mimosa. También hablé con un peruano que todo el tiempo me hablaba de su “pata”. Decía cosas como: “un pata me dijo”, “hablé con mi pata…, mi pata me contó…”, y mientras hablaba yo pensaba: si pata es una palabra femenina, ¿por qué usa el artículo masculino (“un pata”)? ¿Acaso en Perú la gente les llama “patas” a las piernas usando artículos masculinos (unos patas, los patas)? ¿Y cómo es eso de que las patas (o los patas) te hablan, te dicen, te hacen y cuentan cosas? ¿Qué relación tiene esta persona con sus “patas” (léase piernas) que le hablan y le dicen cosas?


El hombre hablaba y no paraba, pero en un momento en que dio un respiro, le dije: perdóname, ¿a qué te refieres cuando hablas de “patas”? Él se quedó mirándome extrañado y me dijo: mi pata, mi amigo. Solté la risa y le dije: ¡Ahhhh!, ahora todo tiene sentido (yo la verdad no sabía y nunca hubiera imaginado que en Perú al amigo le dijeran “pata”).


Por supuesto que hay otras cosas que he ido aprendiendo de los latinos (en Canadá he aprendido más de los latinos que cuando vivía en Latinoamérica), pero de eso hablaré en otra ocasión.

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