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  • D. Arias

El zorro papas fritas

Actualizado: 2 nov

31 de octubre de algunos años atrás.


Unos amigos me invitan a pasar con ellos el Halloween. Me dicen que van a ir a un bar en el centro de la ciudad, cerca de la estación Peel.

–Pero no tengo disfraz.

–Eso no importa. Va a cualquier lado y compra cualquier cosa. Una máscara y listo.

–¿Y dónde consigo una máscara?

–En cualquier parte. En un centro comercial, en una tienda...Incluso en una farmacia, en Jean-Coutu venden eso….

–Bueno, voy a mirar.


Por la tarde salgo a buscar. Voy a una tienda de disfraces. Allí me encuentro con unas máscaras de caballo. Me pruebo una, pero es incómoda y me asfixia. Además, es cara. Me pruebo otras más sencillas hechas de plástico. Encuentro una de zorro (también puede ser un lobo o un coyote, pero no. Creo que en realidad es un zorro).

–Esta me gusta. Me la llevo.


De camino a casa, paso por una farmacia. Quizás encuentre el complemento de mi mascara recién comprada. Hombre araña, Mujer maravilla, Superman, Shrek, orejas de conejo, son algunas de las opciones.

–¿Qué es esto?

–Un traje de papas fritas.

–Qué curioso. ¿Cuánto vale?

–Veinticinco dólares.

Sigo mirando. También hay disfraces de hamburguesas y hot dogs. Al final me llevo un corbatín y las papas fritas.

–Y entonces, “chino”, ¿ya consiguió disfraz?

–Sí, por ahí compré un par de cosas…


Es medianoche. En la puerta de un concurrido bar del centro nos reunimos un grupo de amigos para celebrar.

–Adelante, sigan.


El bar está lleno de gente. Todo el mundo está disfrazado. Trato de adivinar qué caras se esconden detrás de esos maquillajes y esos disfraces tan elaborados. ¿Cuánto tiempo habrán tardado? ¿Cuánto dinero gastaron? En un rincón medio desocupado encontramos un lugar para nosotros. Allí bailamos al ritmo de la música electrónica. De vez en cuando nos miramos, sonreímos e intercambiamos algunas palabras a los gritos.

De repente, una mujer se acerca y me toma de la mano. Sin decir palabra, me lleva con ella por un pasillo a través de la gente. Cuando llegamos al frente de los discjockeys, la mujer me suelta y me deja a solas en medio de la multitud. Uno de los discjockeys me mira desconcertado. El otro se ríe y exclama: ¡No puede ser!


La fiesta sigue y la gente que me ve así disfrazado se sonríe. Mis amigos vienen detrás. Tampoco entienden qué sucede. Empezamos a entenderlo cuando anuncian el concurso de disfraces que tendrá lugar en menos de cinco minutos. Los concursantes ya están seleccionados, y al parecer yo soy uno de ellos. El ganador obtendrá dos mil dólares, el segundo, mil, y el tercero, quinientos. Con sus aplausos, el público decidirá a quién entregarle el premio.


Empieza el concurso. El discjockey señala uno por uno a los competidores. La gente aplaude divertida. Unos gustan más que otros. Cuando llega mi turno, el discjockey no sabe cómo llamarme.

–Este es el disfraz de…

–¡El zorro papas fritas!

–¡El zorro papas fritas! ¡Muy bien! ¡Muy bien!

Un estruendo de aplausos y algunas carcajadas recorren el bar.

– Bien, bien– dice el hombre entre risas–. Parece que hay un empate.


Tres finalistas están decididos. Se procede a votar de nuevo, esta vez para definir las posiciones.

Aplausos por el disfraz número uno…aplausos por el disfraz número dos…aplausos por el disfraz del zorro papas fritas…

El veredicto es incontestable. La multitud ha decidido entregarme el premio. Dos mil dólares por una combinación que no costó más de cincuenta. Una máscara de zorro hecha de plástico, un corbatín, y un extraño traje de papas fritas.


Los ganadores somos conducidos a una oficina por un pasillo sombrío. Allí nos felicitan, nos toman los datos y nos dan un número de teléfono al que podemos llamar para acordar la entrega del cheque en los próximos días. Miro a los otros dos finalistas, con sus disfraces elaborados. Me miro a mí mismo y me da risa y al mismo tiempo vergüenza.


¿Es posible que me den ese dinero por disfrazarme? ¿Es posible que me den ese dinero por usar una combinación tan ridícula, y al mismo tiempo tan sui generis?


Tuve que insistir y pasar varias veces por el bar para recoger al fin mi cheque. Después de algunas vacilaciones, pude comprobar que esta gente tiene palabra. Palabra y plata para repartir…



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