• D. Arias

Cuarenta en la cuarentena

Actualizado: feb 24

El 2020 fue el año de las cuarentenas. A la habitual cuaresma (que es otra forma de cuarentena) que todos los años, en los países católicos, antecede a la semana santa, se sumaron las cuarentenas impuestas a lo ancho del globo por la pandemia del covid-19. Cuarentenas de catorce días, cuarentenas de un mes, cuarentenas de muchos días excepto de cuarenta. Los hechos coincidieron con la llegada a los cuarenta años de quienes nacimos en 1980. Unos cuarenta que se supone son precedidos por una crisis (y no me refiero precisamente a la del neoliberalismo, ya también cuarentón, que con cada crisis parece salir más fortalecido, sino a la famosa “crisis de los cuarenta”, la cual no sé bien en qué consiste, pero que siempre parece estar al acecho no solo antes y durante, sino aun después de los cuarenta).


En una época observábamos a las personas “cuarentonas” como personas mayores a las que se les debía mucho respeto, entre otras razones porque les faltaba poco para entrar en esa etapa final de la vida que conocemos como vejez. Hoy que estoy en mis cuarenta, puedo decir que la vejez está sentada en aquella tienda de la esquina, tomando cerveza mientras me espera, y haciéndome preguntar de vez en cuando en qué momento pasó este tiempo que ya se fue y en qué momento pasará el que todavía no llega.


El otro día, un amigo del colegio que celebró su cumpleaños cuarenta y pico decía en broma por el teléfono (¿de qué otra forma podía ser?) que él no era ningún viejito, como yo se lo estaba diciendo también en broma (¡y con qué derecho!), sino que, por el contrario, estaba en plena flor de la vida. A mis cuarenta, esa idea de que los cuarentones somos “mayores”, “veteranos”, o como quiera que se nos llame a los nacidos en los ochenta y alrededores, se vuelve relativa porque obviamente cambia la perspectiva desde la que se mira. Si antes a las personas de cuarenta años yo las veía con reverencia, hoy las observo como las mismas personas con las que alguna vez estudié, crecí y jugué en mis años de infancia y adolescencia. Creo que parte de esa percepción se debe también a que hoy las personas envejecemos de otra manera, y esto a su vez es debido a que las personas vivimos también de otra manera. No somos jóvenes, pero tampoco somos viejos. Esa sería para mí más o menos la forma indeterminada de definir esos cuarenta a los que estoy recién llegado.


Una pregunta me asalta a veces en mis frecuentes ratos de ocio: ¿cuántas personas en el mundo entramos en la cuarentena en medio de ese año de cuarentenas que fue el 2020? ¿Cuarenta? ¿Cuarenta mil? ¿Cuarenta millones? Yo los invito a alzar la mano. Después de todo, somos la punta de lanza de una inestable (y a su manera sufrida, aunque para otros privilegiada) generación que poco a poco va tomando el relevo en la dirección del mundo: la generación de los 80 (también llamada de otras maneras un poco cosméticas). Se trata, para quienes no lo saben o no han caído en cuenta de ello, de una generación que nació y creció con el llamado neoliberalismo, y por supuesto con todo lo que ello ha implicado en nuestras vidas. Una generación que hoy celebra con este, o quizás a pesar de este, sus primeros cuarenta años. ¿Quién iba a decir, después de todo, que tanto nosotros como el neoliberalismo (que se caracteriza, entre otras cosas, por el exacerbamiento de las libertades individuales) llegaríamos juntos a los cuarenta, en una especie de convivencia amarga pero inevitable, y en medio de un largo encierro originado por una pandemia? Las ironías de la vida. En cualquier caso, solo resta decir: ¡salud! (en sentido literal y figurado)... ¡Y a ver quién logra llegar más lejos!

P.S. Y acaso lo ideal sería que esta columna la leyeran cuarenta personas. Ni una más ni una menos.



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