• D. Arias

Última voluntad

Actualizado: 29 de dic de 2020

Aún me pregunto en qué momento me metí contigo. ¿Te has dado cuenta de lo que has hecho? ¿Te volviste loco? ¿Cuándo lo decidiste? ¿Y por qué? Son demasiadas preguntas, dirías. Pero es imposible evitar hacerlas.


Ahí están los niños sin vida, y al lado de ellos estás tú, a solo dos pasos, aún arañando un poco de aire. Yo, mientras tanto, descanso aquí enfrente de ellos, con pocas fuerzas, pero aún suficientes para respirar. ¿Podré perdonarte? Tal vez es mucho pedir. Intento arrastrarme hacia ti, como lo hice otras veces sin resultado. Tu mano, que hasta hace poco era firme y decidida, luce ahora débil y temblorosa. Dubitativa, manchada de sangre (la sangre tuya y la mía, y también la de nuestros hijos) se estira hacia mí buscando infructuosa el contacto conmigo. ¿Qué quieres? ¿Qué pretendes?

Apenas puedo creerlo. El arma que usaste descansa inmóvil cual objeto inofensivo. ¿En qué momento dejarán de brillar tus ojos? ¿Tu corazón de latir? No hagas ruido. No. Escucha el sonido de las sirenas. La ambulancia que se estaciona. El vidrio que se quiebra. La puerta que se abre. ¿Qué te pasa? ¿Por qué tiemblas? ¿Tienes miedo? ¿Acaso rabia? ¿Te asusta el vacío, la muerte, el inminente tránsito hacia la eternidad? Vienen los hombres, sí. Allí se paran ante nosotros. Algunos se acercan, presurosos. Han de estar desconcertados. No, les digo. No me lleven. Ellos me miran, me ignoran. No entienden de súplicas. No saben ellos que verte morir es mi consuelo. Mi victoria. Es mi última voluntad.




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